Ni a favor ni en contra, pero sin ser indiferente. El abanico de propuestas latentes desde hace tiempo pero puestas de manifiesto efusivamente desde hace menos de una semana, hace imposible una práctica identificación con todas ellas.
Evidentemente que es encomiable la defensa de la tasa Tobin a las transacciones de capitales con fines meramente especulativos desvinculadas por completo –o inclusive actuando en contra- de la economía real.
La limitación temporal en el desempeño de funciones directivas en la cúpula de los partidos políticos es imprescindible si entendemos que el principal problema de la “partitocracia” es el congelamiento burocrático de la política. También la reforma de la Ley Orgánica de Régimen Electoral General parece un objetivo loable atendiendo a la escueta reforma llevada a cabo a principios de este 2011.
El control de la financiación de los partidos es bochornoso como ha puesto recientemente de manifiesto el informe del GRECO –órgano del Consejo de Europa-. No es concebible la opacidad en las cuentas de los municipios de más de 20.000 habitantes o la obtención de crédito a través de sus Fundaciones; soslayando de este modo los límites establecidos en el sistema de financiación público-privado reformado en 2007. El carácter no vinculante de las advertencias del Tribunal de Cuentas –que carece de jurisdicción en cuanto a la fiscalización de las cuentas de partidos políticos- y las trabas puestas a sus investigaciones deberían sacar a algunos los colores.
También es positivo, a nuestro parecer, una apuesta decidida por lo público y la laicidad. Especialmente por la separación de Estado y clero en el ámbito educativo; pues al igual que un científico se abstiene de adoctrinar a los feligreses en las Iglesias, parece justo, por puro mimetismo, que los sacerdotes procedan a hacer lo propio en los centros que deberían ser referentes del saber.
Y para ello claro que es necesaria la fiscalidad. No tanto en materia de progresividad –como se dice, pues el nivel es similar al de países nórdicos- sino de presión –donde se está 20 puntos por debajo- y, sobretodo, de afloramiento de la economía sumergida en la que habrá que ver en los próximos meses la efectividad de las medidas tomadas por el Ejecutivo recientemente –aunque sin un incremento notorio de la eficacia de las inspecciones de trabajo no se puede ser demasiado optimista-.
Y es normal el desencanto con determinadas políticas llevadas a cabo por el Ejecutivo esta última legislatura como el regalar 2500 euros por hijo sin discernir por renta; pues, desde una perspectiva macroeconómica los incrementos de las transferencias a las familias equivalen a una reducción de impuestos encubierta: Aumenta el déficit presupuestario del Estado y las repercusiones en el incremento del PIB suelen ser menores que las conseguidas con una intervención directa estatal en la economía –salvo supuestos en que juegan las expectativas, como el caso irlandés de finales de los 80 que no vienen aquí al caso-. Es preferible construir guarderías públicas, cuya construcción y mantenimiento genera empleo, que transferir efectivo a unas familias que a saber tú en que cuernos deciden gastárselo. Sus decisiones individuales son tan racionales como incongruentes la suma colectiva de todas ellas.
La realidad, sin embargo, no es sencilla y ello es algo que no podemos obviar. Desde aquí entendemos que la complejidad de las sociedades actuales no hace posible una democracia exclusivamente directa. Si por democracia real entendemos una crítica ácida al modelo representativo como forma de impulsar unos cambios ineludibles en su funcionamiento, no podemos sino alegrarnos del cambio de rumbo que ha tomado la sociedad civil.
Sin embargo, no vemos oportuno caer en la utopía de la instauración ni de un sistema asambleario organizado por barrios -o como buenamente se quiera- que envía a sus representantes a un determinado lugar; pues no sólo no entendemos donde radica su diferencia con el sistema representativo actual sino que consideramos, además, que se pierde perspectiva global; pasándose de lo que en abstracto debería ser una asamblea deliberativa representativa de una nación a un mero congreso de embajadores de diferentes lugares: Dándose, en definitiva, un salto hacia atrás en la Historia en lugar de hacia delante- ni de una democracia directa completamente a través de las tecnologías de la información –pues la diversidad social, el constante enfrentamiento entre posturas dentro de un crisol inabarcable de propuestas, dificultaría y retrasaría enormemente la toma de decisiones complejas: ¿A quién correspondería la iniciativa legislativa?¿quién redactaría materialmente una proposición de Ley que regulase temas trascendentes –y complejos en muchas ocasiones- en materia de muerte digna, infraestructuras o educación?¿y quién las llevaría a cabo?¿Tendríamos poder ejecutivo para la concesión de becas, subvenciones o convocatoria de oposiciones a médico y maestro?… ¿y se exigiría algún quórum para que la aprobación de una Ley gozase de legitimidad?¿No terminaría siendo al final, de nuevo, cosa de unos pocos?
Dado que entendemos que la respuesta a la última de las preguntas es afirmativa –aunque evidentemente, y como nos sabemos minoritarios estos días en este punto, animamos a cualquiera que hasta aquí hubiese llegado a expresar su opinión en un comentario, oportuno y agradecido de antemano, junto a esta entrada- consideramos que el problema no reside tanto en el modelo sino quizás en el contenido. Es necesario, por tanto, introducir los pertinentes correctores que deben pivotar en torno a la idea de transparencia.
“Ni PP ni PSOE” se escucha y se lee una y otra vez –y con esta, claro, una más-. Sin embargo, quien lo dice, por lo general, tenía claro desde hace mucho la primera parte. De la segunda se ha ido dando cuenta poco a poco a lo largo de estos últimos meses. Mientras el electorado de la derecha mantiene una fidelidad de voto próximo al 80% el de la izquierda no llega apenas al 40%. Lo que suceda mañana es una gran incógnita en función de si el desencanto se materializa en abstención o, por el contrario, se confía el voto a otras fuerzas políticas cuyo programa, en líneas generales, no se aleja tanto de la mayoría de los puntos tratados más arriba y que hace sólo unos meses pasaban completamente desapercibidos.
De ahí el rechazo visceral de “Dávilas”, “Pedros Jotas” y demás tropa que empiezan a ver como el desencanto con el Gobierno no es “sólo” con el Gobierno estatal (pues Gobierno es y seguirá siendo mañana el Partido Popular en Valencia o en Madrid: con paro, con déficit y con toda pesca). La abrumadora mayoría que creían haber conseguido dejando correr el agua tiene riesgo de diluirse en función de los derroteros que tome la jornada de mañana.
La forma de canalizar la pluralidad de proyectos señalados debe discurrir a través de unos partidos que noten el aliento de la población en la nuca. La presión ciudadana, impensable hace unos meses, parece haber llamado a la puerta al fin. Si decide entrar definitivamente, la reforma de los partidos no puede hacerse esperar. Mañana a estas horas estaremos de análisis post electoral. Vaticino la abstención. Pero estaría encantado de equivocarme.

